Conversa sobre “Años de Papel” de Gabriel Canihuante.

Conversa sobre “Años de Papel” de Gabriel Canihuante o Cada uno sabe donde la aprieta la Nostalgia.

Por Javier Milanca

Sin duda es el papel el protagonista de estos cuentos. Cuentos, la mayoría, narrados en primera persona lo que hace confundir amorosamente realidad con ficción. Los personajes todos “ficticiamente reales” son secundarios y giran entorno a cartas, pruebas, cuadernillos de poemas, libretas de apuntes, piedras de devoción, secretos familiares o de amores. Todos con un aire de nostalgia por un tiempo pasado y hasta un tiempo no real como entrevistar en estos días a la Gabriela. El pasado grabado en papel sin circuitos de por medio, mano y tinta juntas, periodos tan distintos a la realidad virtual de hoy, aunque ya deberíamos dejar de llamarla, con inocencia, realidad virtual y decirle realidad a secas.

Al tener el papel un aroma a lo antiguo, la nostalgia se nos viene a la par. Los protagonistas, ya en segundo plano se permiten las licencias de viajar en el tiempo y con ello amansar los dolores del primer amor, de la paternidad amada y confundida, de la delación sin excusas o de la dura duda entre ser buen hijo o ser buen militante. El papel lo aguanta todo, y el papel roneo nos pone en época, en aquella época en que el texto en un papel valía como antesmente (al decir de las abuelas) valía la palabra.

Esas son las nostalgias individuales, a eso apunta Gabriel Canihuante en su libro. Y a raíz de eso me hace sentido lo que el otro día oí, con impúdica intención de oír, en una conversa de música que llevaban dos jóvenes y se me quedó centelleando una frase formidable de uno al otro: “El reguetón de antes si que era bueno”. Lo dijo con nostalgia, como si se tratara de un bolero o un tango o un lento de los 80, redefiniendo con entendible fundamento generacional lo que es un clásico, poniendo en su altura lo que a ellos les corresponde por edad, asegurando que tal vez  Bugs Bunny podría ser un Gardel o un Lucho Gatica y o alguna de sus canciones el formidable lento Careless Whisper. Pero, en fin, eso me llevó a pensar que cada uno lleva sus nostalgias a cuestas y cada uno sabe dónde la aprieta la nostalgia y es peligroso meterse en nostalgias ajenas.

Y es por ello que en este libro las nostalgias individuales se transforman en colectivas y tienen que ver con esa memoria de cataclismos. Los chilenos o los que habitamos en este rincón de la tierra, que debe ser las pocas que aún no termina de construirse tenemos la memoria llena de cataclismos. Mis abuelos hablaban del terremoto del 60, mis padres del Golpe del 73. Y entonces me pregunto qué cataclismos más nos esperan para terminar de construirnos o estaremos siempre en marcha blanca tanto política como geológicamente. Así entonces el cataclismo mayor que rodea este libro es el Golpe, que transformó las vidas familiares íntimas, pero acaso ¿no es eso transformar un país por completo con sus altos Richter que todavía tienen réplicas?

Con Años de Papel, Canihuante confirma su prosa experta, manejando tiempos para ir amarrando al lector como si sus historias fueran confidencias, siempre vinculadas desde lo íntimo a lo colectivo con sus cataclismos. Al ser así, cada párrafo merece una reflexión de uno mismo logrando esa comunión secuaz con el lector. Y dan ganas de ser de esos lectores que rayaban y apuntaban los libros, que hacían glosas formidables en el mismo libro, hasta convertir la glosa casi en subgénero. Eso no se puede hacer en un libro pdf .(ahí quedaste pdf ¡!!). Dan entonces ganas de volver leer y escribir como en aquellos gloriosos años de papel.