PICHI EPEW

ASI PARIÓ NORA CATRIMAN

Como pájara borracha traspasó la puerta. El dolor entró con ella. Esta historia podría ser mejor pero sólo había un pellón de oveja picado por garrapatas y un par de choapinos mugrientos en el suelo. En la pieza de arriba respiraban su sueño los patrones igual a los dioses cansados de los cielos que le enseñaron. Entonces pujó a la manera de sus abuelas antiguas y como había visto hacerlo a las terneras en el monte. El mundo se abrió esa noche por sus piernas y el hueco de un nacimiento iluminó la breve vigilia en que fue libre.

PICHI EPEW : MARI EPU CHANGULL.

Sara Lemuñir, hija de Railemu, nieta de Traylaf, no quería nunca que ojo ajeno le viera los pies pues tenía seis dedos en cada uno y le estallaban a plena vista y sin paciencia como si fueran una docena de porotitos rojos. Purrucaba con bototos purrucaba, dormía con calcetas dormía, y en el río se los untaba con greda se los untaba. Nada podía convencerla de que el ahínco numérico de sus dedos fuera un alarde de buena fortuna y por eso pedía en las noches que el sobrante se le enredara en las lianas rastreras, que un hacha se los cortara a raíz meñique o que un ratón providencial se los masticara como si fueran semillas de guarda. Y puesto que en la vida nunca faltan ni sobran los casos, cierta vez en una protesta por los hermanos prisioneros se armó tal trifulka que se vio obligada a defenderse como lo haría una brava Quique arrinconada. Ahí vio entonces que tenía dotes de equilibrio y puntería de cernícala, pues a cada carrera sabía el momento musical de estampar con toda su firma potentes puntapiés en las partes traseras de los pacos. A cada coz, una andantina de marrichi wew y afafán estallaban de la gente y a cada patada algo se revolvía en su espíritu. Los pacos debieron enfundarse su lacias carabinas cruzadas y emplumarse hacia sus casas como cualquier trabajador que termina su turno. Desde entonces Sara Lemuñir, hija de Railemu, nieta de Traylaf sabe cuales son sus talentos: aliviar caminando descalza la columna calvárica de ancianos reumáticos y estampar con fina prepotencia sus cruentas patadas de mula certera en los traseros inoportunos, gentileza de un universo que no sabe de matemáticas pero que siempre tiene la fineza de saber en el justo lugar donde seis más seis deben ser doce.

LORENZA  KAYUHAN.

Llegó la mujer blandiendo su vientre habitado, engrillada de tobillos pero no de útera, cautiva de gendarmes pero no de florecimiento, presa política por sentencia pero con todas las lunas libres en su cuerpa. No hubo árboles buenos para su koñiwe, pero sí una bolsa  de basura negra. No tuvo dos pifilkafes pero sí dos carceleros. Cuando el grito  de nacimiento iluminó la oscuridad de la sala- cárcel una nueva vida de Cayana Azul gritó por los cuatro confines de la munda. Lorenza Kayuhan ganó, pues no hay amarras capaces de encadenar al azul más libre de los azules. Y los sabios lo dijeron: cuando se nace encadenado se crece rebelde.

MOLLFUÑ NEWEN.

Se llamaba Gloria Yankalawen, pero todos le decían Pavita Negra y era sangre entera. Se llamaba Anselmo Llanca, pero todos le decían Trutruca Flaca y era media sangre. Ambos se amaban  desde el  alma y desde el cuerpo, pero desde el cuerpo era desde donde se bebían sin pudores todo lo que de ellos salía. Trutruca Flaca bebía a boca de concha la sangre mensual de Gloria. Pavita Negra tomaba de la leche caliente que vertía Anselmo cada vez que él moría y volvía nacer. A Trutruca Flaca esto  le gustaba, le gustaba tanto que esperaba saboreándose  desde días antes a que le floreciera a ella la luna roja de su ciclo. A Pavita Negra esto  le gustaba, le gustaba tanto que esperaba con diligencia tejedora hacer pronto la faena de amoroso ordeño y recibir en su lengua el salado geiser genital.

Sin  embargo de pronto se les vino el miedo. A Pavita Negra se le fueron cambiando los colores de sus ovillos y sus lanas.  Por más que buscó verde con radal, amarillo con barbas de palo, el hervor le devolvía azul y  violeta, como si todo se anduviera insolentando. A Trutruca Flaca se le quebró el wiño, le comenzó a doler al lado del ojo una muela desgraciada y se le abultó el abdomen como si en él nadaran gusanos o volaran marañas de pajaritos negros.

Desesperados de amor no supieron que hacer y asustados de amor esperaron a que los vientos de la calma llegaran como terminando agosto pero no llegaron. Tampoco llegó  la Kuyentun de Gloria y al pasar de los meses los pajaritos gordos de la panza de Trutruca Flaca pasaron al vientre de la Pavita Negra convertidos en uno solo. Felices, como sólo se puede ser felices después del miedo, comprendieron que se bebieron tanto de sus caldos corporales, que se atragantaron tanto de sus sémenes y de sus sangres que la vida les traía otra, redonda como la luna de ella y redondo como el sol de él.

EL  PEÑI RAMON QUICHIYAO

El peñi Ramón Quichiyao se puso niño y se puso manta de lana cruda y salió a escribir arboleando hasta que las propias cordilleras de Llifen aprendieron a cantar su antigua memoria.  De más grande se puso profesor y manta de lino normalista y pizarreando en las escuelas hizo que las letras despertaran más temprano. Después se puso manta humilde y se puso escritor y fue elegido como el hablador de la selva valdiviana, el vocero de la Puihua Hembra, el cantante de los viejos de aserradero que se vuelven sordos de tanta máquina y chuecos de tanta Tota. Se puso un  lápiz en la mano y otro en  la oreja para ser el werken mojado de las hojas de Nalca, el representante por unanimidad de los esteros nuevos cuajados de berros y el contador oficial de las Chilcas coquetonas rebosantes de campanas. Y olvidado fue olvidando. Los que antes lo abrazaron no le devolvieron las brazos, los que lo aplaudieron no le devolvieron las manos y los que lo usaron  no le devolvieron la memoria. El peñi Ramon Quichiyao se puso entonces manta de olvido para no enojarse con los sordos llenos de oídos y con los ciegos llenos de ojos. Hasta que al final, persistente como el  olor de la Tepa partida, el  Peñi Ramon se puso manta de eternidad y  aunque no lo recuerden en las cenas de mantel largo, él persistirá en las sopaipillas de las gentes simples y aunque crean que ya no escribe lo seguirá haciendo cada vez que  los Urcos mañaneros picoteen las ventanas de las casas viejas o cada vez que el Chucao cante entre los kilantos, haciendo resonar al bosque entero, historias que ya nadie más volverá a descifrar.